Romance del Sendero Esquivo | Nahuél Ceró
Golondrinas desoladas
se confundieron de rumbo
al verte pasar cantando
aquella vez en el llano.
Parcos limoneros daban
de beber a los recuerdos
que del polvo consternado
recuperaban sus voces.
Un sol de crestas azules
me saludó esa mañana
cuando en tus labios lloraba
la primavera.
Te vi
convidada de ti misma
redactando con tus ojos
soledad a cielo abierto.
Me sorprendieron tus labios
conversando con tus labios,
me sorprendieron tus manos
en su ademán vespertino.
El silencio deshacía
edades en tu sonrisa
cuando me contaste aquello
que descubriste en un sueño.
Ay, Mariana, cuanta luz
atajan en el recuerdo!
o o o
Un gallo cantó a lo lejos
arrogancias por señuelo.
Un libro de antigua data
regurgitaba en tus manos
versos que me confesaste
en un susurro piadoso.
Celajes de adioses mansos
destejieron las miradas
para que nadie desdiga
la soledad de aquel día.
La vida te adolecía
con sus verdades en una
constelación de recaudos
que te vistiera de trébol.
Orfandad de sol aleve
dedujo aquella mañana
rodajas de luna llena
para litigar tu sombra.
Yo me perdí en el sendero
que se apaga en las palabras
cuando la palabras abren
la puerta de los susurros.
Que de luces, compañera,
se vistieron de tu ausencia
al vernos pasar a solas
por el sendero contrario.
Llanero de las palabras
deshabité tu silencio
pero tu silencio araba
sigilo de llamarada.
Como quien llora en silencio
al dios de las otredades
un mochuelo deshojó
el espejo de tu casa
y los vientos pudorosos
deshojaron aquel libro
en cuyo prólogo ardía
otra soledad cautiva.
Ay, Mariana, cuántas sombras
de claridades me cuesta
aquel día que a los días
le dio su bastión de aromas.
o o o
Tu adolescencia me dio
un ofertorio de lunas,
recuerdos de Yarumal
y de su río rumboso.
Tu cuerpo de barco andaba
casi masticando el viento,
echando nuevas raíces
en aforismos de lluvias.
Tus pies, calandrias sonámbulas,
enviudaron la distancia
con sus huellas delicadas
en leve coreografía.
Ay, mi niña caudalosa
contándome su futuro
como quien viene a soñar
las edades de su raza.
Ay, mi niña interminable
en el jardín de un erial,
alguna noche de aquellas
en deuda con las palabras
contaré la mansa historia
que me contaste al partir.
Nahuél Ceró. Banfield, Argentina
se confundieron de rumbo
al verte pasar cantando
aquella vez en el llano.
Parcos limoneros daban
de beber a los recuerdos
que del polvo consternado
recuperaban sus voces.
Un sol de crestas azules
me saludó esa mañana
cuando en tus labios lloraba
la primavera.
Te vi
convidada de ti misma
redactando con tus ojos
soledad a cielo abierto.
Me sorprendieron tus labios
conversando con tus labios,
me sorprendieron tus manos
en su ademán vespertino.
El silencio deshacía
edades en tu sonrisa
cuando me contaste aquello
que descubriste en un sueño.
Ay, Mariana, cuanta luz
atajan en el recuerdo!
o o o
Un gallo cantó a lo lejos
arrogancias por señuelo.
Un libro de antigua data
regurgitaba en tus manos
versos que me confesaste
en un susurro piadoso.
Celajes de adioses mansos
destejieron las miradas
para que nadie desdiga
la soledad de aquel día.
La vida te adolecía
con sus verdades en una
constelación de recaudos
que te vistiera de trébol.
Orfandad de sol aleve
dedujo aquella mañana
rodajas de luna llena
para litigar tu sombra.
Yo me perdí en el sendero
que se apaga en las palabras
cuando la palabras abren
la puerta de los susurros.
Que de luces, compañera,
se vistieron de tu ausencia
al vernos pasar a solas
por el sendero contrario.
Llanero de las palabras
deshabité tu silencio
pero tu silencio araba
sigilo de llamarada.
Como quien llora en silencio
al dios de las otredades
un mochuelo deshojó
el espejo de tu casa
y los vientos pudorosos
deshojaron aquel libro
en cuyo prólogo ardía
otra soledad cautiva.
Ay, Mariana, cuántas sombras
de claridades me cuesta
aquel día que a los días
le dio su bastión de aromas.
o o o
Tu adolescencia me dio
un ofertorio de lunas,
recuerdos de Yarumal
y de su río rumboso.
Tu cuerpo de barco andaba
casi masticando el viento,
echando nuevas raíces
en aforismos de lluvias.
Tus pies, calandrias sonámbulas,
enviudaron la distancia
con sus huellas delicadas
en leve coreografía.
Ay, mi niña caudalosa
contándome su futuro
como quien viene a soñar
las edades de su raza.
Ay, mi niña interminable
en el jardín de un erial,
alguna noche de aquellas
en deuda con las palabras
contaré la mansa historia
que me contaste al partir.
Nahuél Ceró. Banfield, Argentina
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